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La Habana

Malecón, 2018

En el borde donde la ciudad termina y comienza el mar, el Malecón de La Habana se convierte en escenario y refugio. Esta serie fue realizada en 2018, al atardecer, cuando la luz cae oblicua sobre el concreto y el horizonte se diluye en una franja naranja y salina.

Hombres de distintas edades —padres, hijos, adolescentes— se lanzan al agua desde el muro. No hay espectacularidad coreografiada, sólo el impulso del cuerpo que decide confiar en el mar. Cada clavado es un gesto de libertad momentánea: una suspensión breve entre el peso de la ciudad y la ingravidez del agua.

Me interesaba observar la relación entre generaciones. Los más pequeños miran, aprenden, dudan. Los mayores ejecutan el salto con la naturalidad de quien ha repetido ese ritual toda la vida. En ese intercambio silencioso se revela algo esencial: el mar como herencia, como espacio de juego, como territorio de resistencia cotidiana.

El atardecer no es sólo una condición lumínica; es un estado emocional. La luz suaviza las aristas, vuelve dorada la piel, transforma el concreto en un plano casi pictórico. Sin embargo, la fuerza del gesto permanece cruda, directa.

En el encuadre, los objetos adquieren un peso narrativo: los zapatos abandonados en primer plano, la mochila abierta, una botella sostenida con naturalidad. Son huellas de presencia, indicios de confianza en el regreso. Antes del salto, el cuerpo se despoja; después, vuelve a vestirse. Esa coreografía mínima habla de comunidad y de pertenencia, de un territorio donde el riesgo está mediado por la costumbre.

La arquitectura también participa. El muro no es únicamente límite: es plataforma, grada, frontera porosa entre lo urbano y lo natural. Detrás, la ciudad observa —edificios altos, avenidas amplias, faroles que pronto encenderán— mientras delante el mar absorbe el impacto de los cuerpos. La tensión entre concreto y agua se convierte en metáfora de una identidad forjada entre la dureza y la fluidez.

Hay una pedagogía en los saltos. Los niños estudian la postura de los mayores, calculan la distancia, ensayan la valentía. No se trata solo de técnica, sino de transmisión: aprender a medir el miedo, a confiar en el propio cuerpo, a leer el ritmo de las olas. En esa enseñanza informal se construye un vínculo que no necesita grandes gestos para afirmarse.

Esta serie explora la masculinidad fuera de la pose, el vínculo entre padre e hijo lejos del discurso, y la ciudad como cuerpo vivo que respira al ritmo de las olas. En el Malecón, el salto no es huida: es afirmación. Es estar presentes, juntos, al filo del día. 

 

Al final, lo que permanece no es el impacto en el agua sino la suspensión: ese instante en que el cuerpo flota entre la decisión y la caída. La fotografía fija ese umbral y lo convierte en memoria. Allí, en esa fracción de segundo, la ciudad, el mar y la herencia se alinean; y el gesto mínimo de lanzarse se vuelve una declaración silenciosa de pertenencia y continuidad.

Ciudad de México | © 2025 by The Art of Light | Karla Martínez Fotógrafa

Karla Martínez Castillo | Fotógrafa Mexicana | Fotografía de retrato, fotógrafa documental, fotógrafo fine art.

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